El marciano Ray Bradbury


Las montañas azules se alzaban en la lluvia y la lluvia caía en los largos canales, y el viejo La Farge y su mujer salieron de la casa a mirar.

-La primera lluvia de la estación -señaló La Farge.

-Qué bien -dijo la mujer.

-Bienvenida, de veras.

Cerraron la puerta. Dentro se calentaron las manos junto a las llamas. Se estremecieron. A lo lejos, a través de la ventana, vieron que la lluvia centelleaba en los costados del cohete que los había traído de la Tierra.

-Sólo falta una cosa -dijo La Farge mirándose las manos.

-¿Qué? -preguntó su mujer.

-Me gustaría haber traído a Tom con nosotros.

-Oh, por favor, Lafe.

-Sí, no empezaré otra vez. Perdona.

-Hemos venido a disfrutar en paz nuestra vejez, no a pensar en Tom. Murió hace tanto tiempo... Tratemos de olvidarnos de Tom y de todas las cosas de la Tierra.

La Farge se calentó otra vez las manos, con los ojos clavados en el fuego.

-Tienes razón. No hablaré de eso nunca más. Pero echo de menos aquellos domingos, cuando íbamos en automóvil a Green Lawn Park, a poner unas flores en su tumba. Era casi nuestra única salida.

La lluvia azul caía sobre la casa.

A las nueve se fueron a la cama y se tendieron en silencio, tomados de la mano, él de cincuenta y cinco años, y ella de sesenta en la lluviosa oscuridad.

-¿Anna? -llamó La Farge suavemente.

-¿Qué?

-¿Has oído algo?

Los dos escucharon la lluvia y el viento.

-Nada -dijo ella.

-Alguien silbaba.

-No lo he oído.

-De todos modos voy a ver.

La Farge se levantó, se puso una bata, atravesó la casa y llegó a la puerta de la calle. La abrió titubeando, y la lluvia fría le cayó en la cara. En la puerta del patio había una figura. Un rayo agrietó el cielo; una ola de color blanco iluminó un rostro que miraba fijamente a La Farge.

-¿Quién está ahí? -llamó La Farge, temblando.

No hubo respuesta.

-¿Quién es? ¿Qué quiere?

Silencio.

La Farge se sintió débil, cansado, entumecido.

-¿Quién eres? -gritó, Anna se le acercó y lo tomó por el brazo.

-¿Por qué gritas?

-Hay un chico ahí fuera en el patio y no me contesta -dijo La Farge, estremeciéndose-. Se parece a Tom.

-Ven a acostarte, estás soñando.

-Pero mira, ahí está.

Y La Farge abrió un poco más la puerta para que también ella pudiera ver. Soplaba un viento frío y la lluvia fina caía sobre el patio, y la figura inmóvil los miraba con ojos distantes. La vieja se adelantó hacia el umbral.

-¡Vete! -gritó agitando una mano-. ¡Vete!

-¿No se parece a Tom? -preguntó La Farge.

La figura no se movió.

-Tengo miedo -dijo la vieja---. Echa el cerrojo y ven a la cama. Deja eso, déjalo.

Y se fue, gimiendo, hacia el dormitorio.

El viejo se quedó, y el viento le mojó las manos con una lluvia fría.

-Tom -llamó La Farge en voz baja-. Tom, si eres tú, si por un azar eres tú, no cerraré con llave. Si sientes frío y quieres calentarte, entra más tarde y acuéstate junto a la chimenea; hay allí unas alfombras de piel.

Cerró la puerta, pero sin echar el cerrojo.

La mujer sintió que La Farge se metía en la cama y se estremeció.

-Qué noche horrible. Me siento tan vieja... -dijo sollozando.

-Bueno, bueno -la calmó él, abrazándola-. Duerme.

Al cabo de un rato la mujer se durmió.

Y entonces La Farge alcanzó a oír que la puerta se abría, casi en silencio, dejaba entrar el viento y la lluvia, y se cerraba otra vez. Luego oyó unos pasos blandos que se acercaban a la chimenea, y una respiración muy suave.

-Tom -dijo.

Un rayo estalló en el cielo y abrió en dos la oscuridad.

A la mañana siguiente, el sol calentaba.

El señor La Farge abrió la puerta de la sala y miró rápidamente alrededor. No había nadie sobre la alfombra. La Farge suspiró:

-Estoy envejeciendo.

Salía de la casa hacia el canal, en busca de un balde de agua clara, cuando casi derribó a Tom, que ya traía un balde Reno.

-Buenos días, papá.

El viejo se tambaleó.

-Buenos días, Tom.

El chico, descalzo, cruzó de prisa el cuarto, dejó el balde en el suelo y se volvió sonriendo.

-¡Qué día más hermoso!

-Sí -dijo La Farge, estupefacto.

El chico actuaba con naturalidad. Se inclinó sobre el balde y comenzó a lavarse la cara.

La Farge dio un paso adelante.

-Tom, ¿cómo viniste aquí? ¿Estás vivo?

El chico alzó la mirada.

-¿No tendría que estarlo?

-Pero, Tom... Green Lawn Park todos los domingos, las flores y.. La Farge tuvo que sentarse. El chico se le acercó y le tomó la mano. La mano de Tom era cálida y firme.

-¿Estás realmente aquí? ¿No es un sueño?

-Tú quieres que esté aquí, ¿no? -El chico parecía preocupado.

-Sí, sí, Tom.

-Entonces, ¿por qué me preguntas? Acéptame...

-Pero tu madre.., la impresión...

-No te preocupes. Estuve a vuestro lado, cantando, toda la noche, y me aceptaréis, especialmente ella. Espera a que venga y lo verás.

Tom se echó a reír sacudiendo la cabeza de rizado pelo cobrizo. Tenía ojos muy azules y claros.

La madre salió del dormitorio recogiéndose el pelo.

-Buenos días. Lafe, Tom. ¡Qué hermoso día!

Tom se volvió hacia su padre y se le rió en la cara.

-¿Ves?

Almorzaron muy bien, los tres, a la sombra de detrás de la casa. La señora La Farge descorchó una vieja botella de vino de girasol, que había apartado en otro tiempo, y todos bebieron un poco. El señor La Farge nunca la había visto tan contenta. Si Tom la preocupaba, no lo demostró. Para ella era algo completamente natural. La Farge comenzó a pensar también que era natural.

Mientras mamá lavaba los platos, La Farge se inclinó hacia su hijo y le preguntó con aire de confidencia:

-¿Cuántos años tienes, hijo?

-¿No lo sabes? Catorce, por supuesto.

-¿Quién eres, realmente? No es posible que seas Tom, pero eres alguien. ¿Quién?

Atemorizado, el chico se llevó las manos a la cara.

-No preguntes.

-Puedes decírmelo -dijo el hombre-. Lo comprenderé. Eres un marciano, ¿no es cierto? He oído historias de los marcianos, pero nada definido. Dicen que son muy raros y que cuando andan entre nosotros parecen terrestres. Hay algo en ti... Eres Tom y no eres Tom.

-¿Por qué no me aceptas y callas? ~gritó el chico hundiendo la cara entre las manos-. No dudes, por favor, ¡no dudes de mil

Se levantó de la mesa y echó a correr.

-¡Tom, vuelve!

El chico corrió a lo largo de¡ canal, hacia el pueblo lejano.

-¿Adónde va Tom? -preguntó Anna que regresaba a buscar el resto de los platos. Miró atentamente a su marido-. ¿Le has dicho algo desagradable?

---Anna-dijo el señor La Farge tomándole una mano-. Anna, ¿te acuerdas de Green Lawn Park, del mercado, de Tom enfermo de neumonía?

La mujer se echó a reír.

-¿Qué dices?

-No importa -contestó La Farge en voz baja.



A lo lejos, el polvo se posaba a orillas del canal por donde había pasado Tom.

Tom volvió a las cinco de la tarde, cuando el sol se ponía. Miró indeciso a su padre.

-¿Me vas a preguntar algo? -quiso saber.

-Nada de preguntas -dijo La Farge.

El chico sonrió con una sonrisa blanca.

-Estupendo.

-¿Dónde has estado?

-Cerca del pueblo. Casi no vuelvo. He estado a punto de caer en una... -el chico buscaba la palabra exacta-, en una trampa.

-¿Cómo en una trampa?

-Pasaba al lado de una casita de chapas de zinc, cerca del canal y de pronto pensé que me perdía y que no volvería a veros. No sé cómo explicártelo, no encuentro cómo, ni siquiera yo mismo lo sé. Es raro, pero prefiero no hablar de eso ahora.

-No hablemos entonces. Lávate las manos, es hora de cenar.

El chico corrió a lavarse.

Unos diez minutos más tarde, una lancha se acercó por la serena superficie de las aguas. Un hombre alto y flaco, de pelo negro, la impulsaba con una pértiga, moviendo lentamente los brazos.

-Buenas tardes, hermano La Farge -dijo deteniéndose.

-Buenas tardes, Saul. ¿Qué se cuenta por aquí?

-Esta noche, muchas cosas. ¿Conoces a un tal Nomland que vive al borde del canal en una casa de chapas?

La Farge se enderezó.

-Sí.

-¿Sabías que era un granuja?

-Se dijo que salió de la Tierra porque había matado a un hombre.

Saul se apoyó en la pértiga mojada y miró a La Farge.

-¿Recuerdas el nombre del muerto?

-Gillings, ¿no?

-Sí, Gillings. Pues bien, hace unas dos horas el señor Nomland llegó al pueblo gritando que había visto a Gillings, vivo, aquí, en Marte, hoy, esta misma tarde. Nom1and quería esconderse en la cárcel, pero no lo dejaron. De modo que volvió a su casa y veinte minutos después, dicen, se pegó un tiro. Vengo ahora de allí.

-Bueno, bueno -dijo La Farge.

-Ocurren unas cosas... -dijo Saul-. En fin, buenas noches, La Farge.

-Buenas noches.

La lancha se alejó por las serenas aguas del canal.

-La cena está lista -llamó la mujer.

El señor La Farge se sentó a la mesa y cuchillo en mano miró a Tom.

~Tom, ¿qué has hecho esta tarde?

-Nada -contestó Tom con la boca llena---. ¿Por qué?

-Quería saber, nada más -dijo el viejo poniéndose la servilleta.



A las siete, aquella misma tarde, la señora La Farge dijo que quería ir al pueblo.

-Hace tres meses que no voy.

Tom se negó.

-El pueblo me da miedo -dijo-. La gente. No quiero ir.

-Pero cómo -dijo Anna-, qué palabras son ésas para tamaño grandullón. No te haré caso. Vendrás con nosotros. Yo lo digo.

-Pero Anna, si el chico no quiere... -farfulló La Farge.

Pero era inútil discutir. Anna los empujó a la lancha y remontaron el canal bajo las estrellas nocturnas. Tom estaba tendido de espaldas, con los ojos cerrados; era imposible saber si dormía o no. El viejo lo miraba fijamente. ¿Qué criatura es ésta, pensaba, tan necesitada de cariño como nosotros? ¿Quién es y qué es esta criatura que sale de la soledad, se acerca a gentes extrañas y asumiendo la voz y la cara del recuerdo se queda al fin entre nosotros, aceptada y feliz? ¿De qué montaña procede, de qué caverna, de qué raza, aún viva en este mundo cuando los cohetes Regaron de la Tierra? El viejo meneó la cabeza. Era imposible saberlo. Por ahora aquello era Tom.

El viejo miró con aprensión el pueblo lejano, y pensó otra vez en Tom y en Anna. Quizá nos equivoquemos al retener a Tom, se dijo a sí mismo, pues de todo esto no saldrá otra cosa que preocupaciones y penas, pero cómo renunciar a lo que hemos deseado tanto aunque se quede sólo un día y desaparezca, haciendo el vacío más vacío, y las noches más oscuras y las noches lluviosas más húmedas. Quitamos esto sería como quitarnos la comida de la boca.

Y miró al chico, que dormitaba pacíficamente en el fondo de la lancha. El chico se quejó, como en una pesadilla

-La gente. Cambiar y cambiar. La trampa.

-Calma, calma -dijo La Farge acariciándole el pelo rizado.

Tom se calló.



La Farge ayudó a Anna y a Tom a salir de la lancha.

-¡Aquí estamos!

Anna sonrió a las luces, escuchó la música de los bares, los pianos, los gramófonos, observó a la gente que paseaba tomada del brazo por las calles animadas.

-Quiero volver a casa -dijo Tom.

-Antes no hablabas así -dijo Anna-. Siempre te gustaron las noches de sábado en el pueblo.

-No te apartes de mí -le susurró Tom a La Farge-. No quiero caer en una trampa.

Anna alcanzó a oírlo.

-¡Deja de decir esas cosas! Vamos.

La Farge advirtió que Tom le había tomado la mano.

-Aquí estoy, Tom -dijo apretando la mano del chico. Miró a la muchedumbre que iba y venía y sintió, también, cierta inquietud-. No nos quedaremos mucho tiempo.

-No digas tonterías, no nos iremos antes de las once -dijo Anna.

Cruzaron una calle y tropezaron con tres borrachos. Hubo un momento de confusión, una separación, una media vuelta, y La Farge miró consternado alrededor. Tom no estaba entre ellos.

-¿Adónde ha ido? -preguntó Anna, irritada---. Aprovecha cualquier ocasión para escaparse. ¡Tom!

El señor La Farge corrió entre la muchedumbre, pero Tom había desaparecido.

-Ya volverá. Estará en la lancha cuando nos vayamos ~afirmó Anna, guiando a su marido hacia el cinematógrafo.

De pronto, hubo una conmoción en la muchedumbre, y un hombre y una mujer pasaron corriendo junto a La Farge. La Farge los reconoció. Eran Joe Spaulding y su mujer. Antes de que pudiera hablarles, ya habían desaparecido.

Sin dejar de mirar ansiosamente hacia la calle, compró las entradas y entró de mala gana en la poco acogedora oscuridad.



A las once, Tom no estaba en el embarcadero. La señora La Farge se puso muy pálida.

-No te preocupes. Yo lo encontraré. Espera aquí -dijo La Farge.

-Date prisa.

La voz de Anna murió en la superficie rizada del agua.

La Farge caminó por las calles nocturnas, con las manos en los bolsillos. Las luces de alrededor se iban apagando, una a una.

Unas pocas gentes se asomaban todavía a las ventanas pues la noche era calurosa, aunque unas nubes de tormenta pasaban de vez en cuando por el cielo estrellado. Mientras caminaba, La Farge pensaba en el chico, en sus constantes alusiones a una trampa, en el miedo que tenía a las muchedumbres y las ciudades. Esto no tiene sentido, reflexionó con cansancio. Tal vez el chico se ha ido para siempre, tal vez no ha existido nunca. La Farge dobló por una determinada callejuela, observando los números.

-Hola, La Farge.

Un hombre estaba sentado en el umbral de una puerta, fumando una pipa.

-Hola, Mike.

-¿Has peleado con tu mujer? ¿Estás calmándote con una caminata?

-No, paseo nada más.

-Parece que se te hubiera perdido algo. A propósito. Esta noche encontraron a alguien. ¿Conoces a Joe Spaulding? ¿Te acuerdas de su hija Lavinia?

-Sí.

La Farge se sintió traspasado de frío. Todo era como un sueño repetido. Ya sabía qué palabras vendrían ahora.

-Lavinia volvió a casa esta noche -dijo Mike, y arrojó una bocanada de humo-. ¿Recuerdas que se perdió hace cerca de un mes en los fondos del mar muerto? Encontraron un cadáver que podría ser el suyo y desde entonces la familia Spaulding no ha estado bien. Spaulding iba de un lado a otro diciendo que Lavinia no había muerto, que aquel cadáver no era ella. Parece que tenía razón. Lavinia apareció esta noche.

La Farge sintió que le faltaba el aire, que el corazón le golpeaba el pecho.

-¿Dónde?

-En la calle principal. Los Spaulding estaban comprando entradas para una función y de pronto vieron a Lavinia entre la gente. Qué impresión la de ellos, imagínate. Al principio Lavinia no los reconoció; pero la siguieron calle abajo y le hablaron y entonces ella recobró la memoria.

-¿La has visto?

-No, pero la he oído cantar. ¿Recuerdas con qué gracia cantaba Las bonitas orillas del lago Lomond? La oí hace un rato allá en la casa gorjeando para su padre. Es muy agradable oírla. Una muchacha encantadora. Era lamentable que se hubiera muerto. Ahora que ha regresado, todo es distinto. Pero oye, qué te pasa, no te veo muy bien. Entra y te serviré un whisky..

-No, gracias, Mike.

La Farge se alejó calle abajo. Oyó que Mike le daba las buenas noches y no contestó. Tenía la mirada fija en una casa de dos plantas con el techo de cristal donde serpenteaba una planta marciana de flores rojas. En la parte trasera de la casa, sobre el jardín, había un retorcido balcón de hierro. Las ventanas estaban iluminadas. Era muy tarde, y La Farge seguía pensando: «¿Cómo se sentirá Anna si no vuelvo con Tom? ¿Cómo recibirá este segundo golpe, esta segunda muerte? ¿Se acordará de la primera y a la vez de este sueño y de esta desaparición repentina? Oh Dios, tengo que encontrar a Tom, ¿o qué va a ser de Anna? Pobre Ana, me está esperando en el embarcadero». La Farge se detuvo y levantó la cabeza. En alguna parte, allá arriba, unas voces daban las buenas noches a otras voces muy dulces. Las puertas se abrían y cerraban, se apagaban las luces y continuaba oyéndose un canto suave. Un momento después una hermosa muchacha, de no más de dieciocho años, se asomó al balcón.

La Farge la llamó a través del viento que comenzaba a levantarse.

La muchacha se volvió y miró hacia abajo.

-¿Quién está ahí?

-Yo -dijo el viejo La Farge, y notando que esta respuesta era tonta y rara, se calló y los labios se le movieron en silencio.

¿Qué podía decir? ¿«Tom, hijo mío, soy tu padre»? ¿Cómo le hablaría? La muchacha pensaría que estaba loco y llamaría a la familia.

La figura se inclinó hacia delante, asomándose a la luz ventosa.

-Sé quién eres -dijo en voz baja---. Por favor, vete. No hay nada que pueda hacer por ti.

-¡Tienes que volver! -Las palabras se le escaparon a La Farge.

La figura iluminada por la luz de la luna se retiró a la ssombra, donde no tenía identidad, donde no era más que una voz.

-Ya no soy tu hijo. No teníamos que haber venido al pueblo.

-¡Anna espera en el embarcadero!

-Lo siento -dijo la voz tranquila-. Pero ¿qué puedo hacer? Soy feliz aquí; me quieren tanto como vosotros. Soy lo que soy y tomo lo que puedo. Ahora es demasiado tarde. Me han atrapado.

-Pero, y Anna... Piensa qué golpe será para ella.

-Los pensamientos son demasiado fuertes en esta casa; es como estar en la cárcel. No puedo cambiar otra vez.

-Eres Tom, eras Tom, ¿verdad? ¡No estarás bromeando con un viejo! ¡No serás realmente Lavinia Spaulding!

-No soy nadie; soy sólo yo mismo. Dondequiera que esté soy algo, y ahora soy algo que no puedes impedir.

-No estás seguro en el pueblo. Estarás mejor en el canal, donde nadie puede hacerte daño -suplicó el viejo.

-Es cierto. -La voz titubeó-. Pero he de pensar en ellos. ¿Qué sentirían mañana al despertar cuando vieran que me fui de nuevo, y esta vez para siempre? Además, la madre sabe lo que soy; lo ha adivinado como tú. Creo que todos lo adivinaron, aunque no hicieron preguntas. Cuando no se puede tener la realidad, bastan los sueños. No soy quizá la muchacha muerta, pero soy algo casi mejor, el ideal que ellos imaginaron. Tendría que elegir entre dos víctimas: ellos o tu mujer.

-Ellos son cinco, lo soportarían mejor que nosotros.

-¡Por favor! -dijo la voz---. Estoy cansada.

La voz del viejo se endureció.

~Tienes que venir. No puedo permitir que Anna sufra otra vez. Eres nuestro hijo. Eres mi hijo, y nos perteneces.

La sombra tembló.

-¡No, por favor!

-No perteneces a esta casa ni a esta gente.

-No. No.

-Tom, Tom, hijo mío, óyeme. Vuelve. Baja por la parra. Ven, Anna te espera; tendrás un hogar, y todo lo que quieras.

El viejo alzaba los ojos esperando el milagro.

Las sombras se movieron, la parra crujió levemente.

Y al fin la voz dijo:

-Bueno,papá.

-¡Tom!

La ágil figura de un niño se deslizó por la parra a la luz de las lunas. La Farge abrió los brazos para recibirlo.

Una habitación se iluminó arriba, y en una ventana enrejada dijo una voz:

-¿Quién anda ahí?

-Date prisa, hijo mío.

Más luces, más voces:

-¡Alto o hago fuego! ¿No te ha pasado nada, Vinny?

El ruido de pasos precipitados.

El hombre y el chico corrieron por el jardín.

Sonó un disparo. La bala dio en la pared en el momento en que cerraban el portón.

-Tom, vete por ahí. Yo iré por aquí para despistarlos. Corre al canal. Allí estaré dentro de diez minutos.

Se separaron. La luna se ocultó detrás de una nube. El viejo corrió en la oscuridad.



-Anna,¡aquí estoy!

La vieja, temblando, lo ayudó a salvar a la lancha.

-¿Dónde está Tom?

-Llegará en un minuto -jadeó La Farge.

Se volvieron y miraron las calles del pueblo dormido. Aún había alguna gente: un policía, un sereno, el piloto de un cohete, varios hombres solitarios que regresaban de alguna cita nocturna, dos parejas que salían de un bar riéndose. Una música sonaba débilmente en alguna parte.

-¿Por qué no viene? -preguntó la vieja.

-Ya vendrá, ya vendrá.

Pero La Farge estaba inquieto. ¿Y si el niño hubiera sido atrapado otra vez, de algún modo, en alguna parte, mientras corría hacia el embarcadero, por las calles de medianoche, entre las casas oscuras? Era un trayecto muy largo, aun para un chico; sin embargo ya tenía que haber llegado.

Y entonces, lejos, en la avenida iluminada por las lunas alguien corrió.

La Farge gritó y calló en seguida, pues allá lejos resonaron también unas voces y otros pasos apresurados. Las ventanas se iluminaron una a una. La figura solitaria cruzó rápidamente la plaza, acercándose al embarcadero. No era Tom; no era más que una forma que corría, una forma con un rostro de plata que resplandecía a la luz de las lámparas, agrupadas en la plaza. Y a medida que se acercaba, la forma se hizo más y más familiar, y cuando llegó al embarcadero ya era Tom. Anna le tendió los brazos. La Farge se apresuró a desanudar las amarras.

Pero ya era demasiado tarde. Un hombre, otro, una mujer, otros dos hombres y Spaulding aparecieron en la avenida y atravesaron de prisa la plaza silenciosa. Luego se detuvieron, perplejos. Miraron asombrados alrededor, como si quisieran volverse atrás. Todo les parecía ahora una pesadilla, una verdadera locura. Pero se acercaron, titubeando, deteniéndose y adelantándose.

Era ya demasiado tarde. La noche, la aventura, todo había terminado. La Farge retorció la amarra entre los dedos. Se sintió desalentado y solo. La gente alzaba y bajaba los pies a la luz de la luna, acercándose rápidamente, con los ojos muy abiertos, hasta que todos, los diez llegaron al embarcadero. Se detuvieron, lanzaron unas miradas aturdidas a la lancha, y gritaron.

-¡No se mueva, La Farge!

Spaulding tenía un arma.

Todo era evidente ahora. Tom atraviesa rápidamente las calles iluminadas por las lunas, solo, cruzándose con la gente. Un policía descubre la figura veloz. El policía gira sobre sí mismo, ve el rostro, pronuncia un nombre y echa a correr. ¡Alto! Había reconocido a un criminal. Y en todo el trayecto, la misma escena: hombres aquí, mujeres allá, serenos, pilotos de cohete. La fugitiva figura era todo para ellos, todas las identidades, todas las personas, todos los nombres. ¿Cuántos nombres diferentes se habían

pronunciado en los últimos cinco minutos? ¿Cuántas caras diferentes, ninguna verdadera, se habían formado en la cara de Tom?

Y en todo el trayecto el perseguido y los perseguidores, el sueño y los soñadores, la presa y los perros de presa. En todo el trayecto la revelación repentina, el destello de unos ojos familiares, el grito de un viejo, viejo nombre, los recuerdos de otros tiempos, la muchedumbre cada vez mayor. Todos lanzándose hacia delante mientras, como una imagen reflejada en diez mil espejos, diez mil ojos, el sueño fugitivo viene y va, con una cara distinta para todos, los que le preceden, los que vienen detrás, los que todavía no se han encontrado con él, los aún invisibles.

Y ahora todos estaban allí, al lado de la lancha, reclamando sus sueños. «Del mismo modo -pensó La Farge-, nosotros queremos que sea Tom, y no Lavinia, no William, ni Roger, ni ningún otro. Pero todo ha terminado. Esto ha ido demasiado lejos.»

-¡Salgan todos de la lancha! -les ordenó Spaulding.

Tom saltó al embarcadero. Spaulding lo tomó por la muñeca.

-Tú vienes a casa conmigo. Lo sé todo.

-Espere -dijo el policía-. Es mi prisionero. Se llama Dexten Lo buscan por asesinato.

-¡No! -sollozó una mujer---. ¡Es mi marido! ¡Creo que puedo reconocer a mi marido!

Otras voces se opusieron. El grupo se acercó.

La señora La Farge se puso delante de Tom.

-Es mi hijo. Nadie puede acusarlo. ¡Ya nos íbamos a casa!

Tom, mientras tanto, temblaba y se sacudía con violencia. Parecía enfermo. El grupo se cerró, exigiendo, alargando las manos, aferrándose a Tom.

Tom gritó.

Y ante los ojos de todos, comenzó a transformarse. Fue Tom, y James, y un tal Switchman, y un tal Butterfield; fue el alcalde del pueblo, y una muchacha, Judith; y un marido, William; y una esposa, Clarisse. Como cera fundida, tomaba la forma de todos los pensamientos. La gente gritó y se acercó a él, suplicando. Tom chilló, estirando las manos, y el rostro se le deshizo muchas veces.

-¡Tom! -gritó La Farge.

-¡Alicia! -llamó alguien.

-¡Wffliam!

Le retorcieron las manos y lo arrastraron de un lado a otro, hasta que al fin, con un último grito de terror, Tom cayó al suelo.

Quedó tendido sobre las piedras, como una cera fundida que se enfría lentamente, un rostro que era todos los rostros, un ojo azul, el otro amarillo; el pelo castaño, rojo, rubio, negro, una ceja espesa, la otra fina, una mano muy grande, la otra pequeña.

Nadie se movió. Se llevaron las manos a la boca. Se agacharon junto a él.

-Está muerto -dijo al fin una voz.

Empezó a llover.

La lluvia cayó sobre la gente, y todos alzaron los ojos. Lentamente, y después más de prisa, se volvieron, dieron unos pasos, y echaron a correr, dispersándose. Un minuto después, la plaza estaba desierta. Sólo quedaron el señor La Farge y su mujer, horrorizados, cabizbajos, tomados de la mano.

La lluvia cayó sobre el rostro irreconocible.

Anna no dijo nada, pero empezó a llorar.

-Vamos a casa, Anna. No hay nada que podamos hacer -dijo el viejo.

Subieron a la lancha y se alejaron por el canal, en la oscuridad. Entraron en la casa, encendieron la chimenea y se calentaron las manos. Se acostaron, y juntos, helados y encogidos, escucharon la lluvia que caía otra vez sobre el techo.

-¡Escucha! -dijo La Farge a medianoche-. ¿Has oído algo?

-Nada, nada.

-Voy a mirar, de todos modos.

Atravesó a tientas el cuarto oscuro, y esperó algún tiempo al lado de la puerta de la calle.

Al fin abrió y miró afuera.

La lluvia caía desde el cielo negro, sobre el patio desierto, sobre el canal y entre las montañas azules.

La Farge esperó cinco minutos y después, suavemente, con las manos húmedas, entró en la casa, cerró la puerta y echó el cerrojo.

Thomas Michael Disch (2 de febrero de 1940 - 4 de julio de 2008), fue un escritor estadounidense de ciencia ficción y poeta. Ha sido nominado para los premios Hugo y Nebula en multitud de ocasiones.

Disch nació en Des Moines, Iowa. Empezó a publicar en revistas de ciencia ficción en torno a los años 60 y su primera novela, Los genocidas, apareció en 1965. Enseguida se le reconoció como parte de la Nueva ola (New Wave), gracias a sus colaboraciones en New Worlds y otras publicaciones similares. Sus novelas mejor valoradas por la crítica en aquella época fueron Campo de concentración y 334. En los años 80 cambió la ciencia ficción por la novela de terror, firmando títulos como El ejecutivo, entre otros.

En 1999 ganó el premio Hugo para la mejor obra de no ficción por el ensayo The Dreams Our Stuff Is Made Of, así como el premio Locus. Entre sus otros trabajos de no ficción se pueden encontrar críticas de ópera y teatro para el The New York Times, The Nation y otros periódicos. Además, ha publicado numerosos libros de poesía.

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CARRUSEL

Por muchas veces que el señor Martín volara de uno a otro lado del país, nunca dejaba de maravillarse, en el momento de la llegada de no estar más allí, sino aquí, a un continente de distancia. No era el vuelo como tal, lo que le sorprendía. A la edad de cincuenta y siete años había terminado por preferir un asiento de pasillo a uno de ventanilla, , Ya no se sentía hipnotizado por las maravillas de las grandiosas geometrías de las granjas y las autopistas, y ni siquiera por los brillantes campos de cúmulos en el cielo. No, era simplemente la idea de haber llegado tan lejos en tan corto espacio de tiempo, un poco más de cinco horas. Eso era lo que le sorprendía.
Cierto que la larga espera alrededor del carrusel de equipajes le a daba uno el tiempo suficiente para efectuar la descompresión del sentido del asombro. Ahora, los pasajeros llevaban ya quince minutos alrededor de la cuadrada abertura de aluminio por la que saldrían los equipajes, empujándose para conseguir una buena posición, en espera de la liberación del aeropuerto. Y seguía sin salir una sola maleta. El señor Martín, aunque siempre acostumbrado a ser tratado como pasajero de primera clase, se resignó a una larga espera, Y tomó posesión de un asiento de plástico de color naranja desde donde podía observar la rampa transportadora que alimentaba el carrusel. En el instante en que se sentó la rampa se puso en movimiento Y Poco después surgió a la vista la primera maleta. No era la suya claro; eso habría sido tener demasiada fortuna, aunque en cierta ocasión, hacía ya muchos años, ganó en aquella forma peculiar de ruleta: su maleta fue la primera en salir por la rampa. "¡Bingo! ¡Bravo! ¡Hurra!", pensó hasta que llegó a su hotel y descubrió que alguien le había robado. Alguien se había llevado todas sus corbatas. Nada más, sólo las corbatas. En realidad, fue todo un cumplido. No se quejó. ¿De qué le habría servido?
Una joven de rasgos extraordinariamente hermosos y de un rubio casi sobrenatural, se sentó a su lado y dijo:
-¿Descansa usted bien?
-Oh, en realidad no estaba dormido -contestó-. Sólo me defiendo contra esa película. Pobre Jason Robards, que haya tenido que aceptar ese papel... Creo que las líneas aéreas deben escoger deliberadamente las películas más aburridas. Como un forma de anestesia, ya sabe.
Ella asintió con un gesto. Su milagroso pelo osciló lánguidamente. Nadie podría haberse resistido a comprar cualquier champú que hubiera sido anunciado por aquel pelo.
-Aunque eso no lo conseguirían pasando un película como El hundimiento del Titanic -siguió diciendo ella-. Puede que no haya icebergs a un altura de tres mil metros, pero la ansiedad es la misma, ¿verdad? Lo mismo da pensar en hundirse que en estrellarse.
-Oh, yo preferiría estrellarme. Ahogarse debe de ser algo terrible.
Ahora, una permanente procesión de maletas, intercaladas con alguna que otra caja de cartón atada o saco de viaje, se tambaleaba rampa abajo, hacia las manos dispuestas de quienes las esperaban, en la base del carrusel. Predominaban las maletas de nylón o de lona, con nervaduras de vinilo. Diez años antes lo más habitual habían sido las maletas moldeadas. Ahora, en cambio, las Sansonite eran casi tan raras como las maletas de cuero a las que habían desplazado. ¿Cuál sería el siguiente paso evolutivo? Quizá maletas de plástico, cada un de ellas embutida en su propio carapacho (suministrado por la compañía aérea)..., todo un mundo de maletas para damas y caballeros. Eso presupondría que serían impermeables a las arrugas. Probablemente serían maletas de poliéster, y de paja para las ocasiones más formales.
El. grupo de gente que había alrededor del carrusel comenzaba a disminuir y, por entre las piernas de quienes esperaban, el señor Martin pudo ver las lentas revoluciones de los bultos que aún no habían sido retirados. un inmenso baúl era el mayor de todos, como un elefante solitario en un tiovivo. ¡Cuánto debería de haber costado por exceso de equipaje! Aquí volvía otra vez, seguido patéticamente por un pequeña y vieja maleta de cartón que había sido mortalmente perforada.
Nuevas maletas aparecieron al principio de la cinta, bajaron por la rampa y, ante la mirada atenta de los pasajeros que esperaban, se introdujeron en los espacios vacíos del carrusel. La ruleta no era un comparación correcta para este juego, puesto que nadie ganaba jamás. Más bien todo el mundo ganaba algo, marchándose con un premio que ya le pertenecía con anterioridad.
El brazo de un pivote surgió ante el baúl, apartándolo del carrusel y dirigiéndolo hacia una carretilla. La maleta perforada ya había desaparecido y el señor Martin sintió no haber asistido al pequeño drama de su descubrimiento.
-Ahora ya no quedan muchas -comentó la joven sentada a su lado.
-Cierto, pero aún no veo la mía. Miró su reloj y, ante su sorpresa, descubrió que se había detenido a las tres quince, en el momento en que había cambiado el horario, adaptándolo de la costa Oeste a la costa Este. Apretó con firmeza el vástago y el segundero empezó a moverse.
Permaneció sentado, a la espera. El carrusel giraba, y de vez en cuando aparecía un pasajero (¿dónde había estado durante tanto tiempo? ¿En las salas de espera? ¿En el bar? ¿En las cabinas telefónicas?), para recoger una de las maletas que quedaban. Hasta que, finalmente, el carrusel quedó vacío. Aun así, continuó girando. Cuatro desamparados pasajeros sin equipaje se habían agrupado al pie de la rampa. Parecían cazadores a la espera de los patos, miraban con gran intensidad la rampa de salida de los equipajes, deseando que el suyo apareciera de una vez.
-¿Ha tenido un vuelo agradable? -le preguntó la rubia, decidida sin duda a controlar su impaciencia mediante la charla.
¿Y por qué no?, pensó él. Al fin y al cabo, todos ellos estaban en el mismo barco.
-¿Agradable? Yo no diría tanto. No es que haya sido desagradable, pero incluso decir que ha sido normal sería sobreestimar la cuestión. Yo diría que inmemorable. Completamente inmemorable. La cena, por ejemplo. No tengo ni el más ligero recuerdo de lo que he cenado. ¿Era pollo? ¿O carne de ternera con esas insípidas y pequeñas patatas hervidas?
-Debe usted de viajar mucho.
-He ido de un lado a otro muchas más veces de las que me importa recordar.
Entonces apareció un maleta al principio de la rampa.
-¡Por fin! -exclamó uno de los pasajeros que esperaban al pie.
Hubo una maleta para cada uno de los cuatro pasajeros que esperaban, pero ninguna para el señor Martin. La cinta transportadora se detuvo, y el propio carrusel fue apagado.
-¡Maldición! -exclamó.
La joven sonrió de la forma en que uno suele hacerlo cuando sabe un chiste que no está dispuesto a contar. Eso le extrañó a él más que la pérdida de su equipaje (pues había supuesto ya que se había perdido): el hecho de que ella reaccionara tan fríamente ante la situación.
-Bueno... ¿y ahora qué? -preguntó él con un tono de queja.
-Oh, eso depende de usted. ¿Le apetece tomar un copa en el bar?
-¡Un copa! -exclamó, maravillado-. ¿Es que no le preocupa que se haya perdido su equipaje? ¡Quizá para siempre!
-Exactamente..., para siempre. Aunque no mi equipaje, señor Martin. Me temo que sólo se trata del suyo. Sólo estoy aquí para saludarle.
-No diga tonterías.
-Vamos, vamos, señor Martin. Sin duda alguna ya debe de habérsele ocurrido. Está usted muerto y ha pasado... a la Otra Parte.
Ahora que ella lo decía le pareció algo bastante razonable. El único problema consistía en que no podía recordar haberse muerto.
-¿Cuándo he muerto? ¿Mientras veía la película? Le juro que sólo cerré los ojos un momento.
-Oh, no ha sido en este vuelo, señor Martin. Hace años, muchos años que murió usted. Exactamente en el vuelo 731 de Los Angeles a Nueva York.
-¿Y esto es... el cielo? -preguntó mirando a su alrededor, hacia el amplio espacio vacío.
Ella suspiró de un modo bastante agradable.
-No, no es el cielo. Pero tampoco es el infierno. No hizo usted nada como para enviarle allí. Afortunadamente.
-¿Dónde estoy entonces?
-En el limbo. Y el bar está cerrado.
-¿El limbo?
-¿No ha oído hablar nunca del limbo?
-Vagamente. Pero nunca creí que existiera. En realidad, no creía que hubiera ninguna clase de vida después de la muerte. Mis padres eran agnósticos.
Ella suspiró y asintió con un gesto, y volvió a sonreír, con un expresión condescendiente. Él se dio cuenta de que era la clase de criatura que, en el mundo de los vivos, habría salido al paso de los viajeros, tratando de venderles un disco de su guru. Y, extrañamente, eso no pareció importarle. Debería de haber sentido al menos extrañeza, o alarma, o asombro, pero en realidad ninguna de aquellas emociones parecía estar presente en su ánimo.
-Bien -dijo él-. De modo que esto es el limbo. ¿Y ahora qué?
-Ahora pase a través de esa puerta -dijo ella, señalando-, y espere en la cola.
La cola pareció durar una eternidad, pero él no tenía ninguna prisa especial, y no le importó. Al fin, cuando llegó ante el mostrador, la azafata le preguntó si deseaba estar en la sección de fumadores o en la de no fumadores.
-No fumadores, por favor. Y, si es posible, prefiero un asiento de pasillo.
Ella tecleó su petición en el teclado de la computadora, y a continuación anotó su número de asiento en la tarjeta de embarque de color azul. Después le dirigió hacia la Puerta 32.
Mientras caminaba por el largo pasillo hacia la sala de espera, se preguntó qué película proyectarían en aquella ocasión. Confiaba en que no fuera El salvamento del Titanic. Esa ya la había visto antes.

Isaac Asimov nació en 1920 en la Unión Soviética. Sus padres emigraron a Estados Unidos cuando él apenas tenía tres años. El propio Isaac consiguió la ciudadanía americana a la edad de ocho.

Criado en Nueva York, concretamente en Brooklyn, se educó en sus escuelas públicas, completando sus estudios superiores en la Universidad de Columbia, en la especialidad de Bioquímica, hasta conseguir el doctorado por la Universidad de Boston, siendo el mismo Catedrático de Bioquímica.

Mucho antes, a los nueve años, descubrió la ciencia-ficción en los pulp que su padre vendía en la pequeña tienda de golosinas que regenteaba en Brooklyn. Cuenta el propio Asimov que aquellas eran lecturas prohibidas, puesto que su padre consideraba aquellas publicaciones de una calidad ínfima.

A los once años empezó a escribir sus propias historias, y a los dieciocho, hecho un manojo de nervios, se decidió a presentar su primer relato a J. W. Campbell. Fué rechazado. Pero sólo cuatro meses después consiguió vender su primera historia, y así continuó hasta el día de su muerte.

En 1941, escribió el relato, ya clásico, ANOCHECER. Poco antes había empezado a publicar sus HISTORIAS DE ROBOTS, en las que introdujo las famosas tres leyes de la robótica, y, poco después, siguiendo la pauta de DECADENCIA Y CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO, comenzó su serie de la FUNDACIÓN.

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COSAS DE NIÑOS


Pasada la primera punzada de náusea, Jan Prentiss dijo:
—¡Maldita sea...! ¡No eres más que un insecto!
Se trataba de la confirmación de un hecho, no de un insulto. La cosa que se posaba sobre el escritorio de Prentiss respondió:
—Desde luego.
Tenía unos treinta centímetros de longitud. Muy delgado, parecía la diminuta caricatura de un ser humano. Sus articulados brazos y piernas nacían a pares en la parte superior de su cuerpo, las segundas más largas y gruesas que los primeros, extendiéndose a lo largo del cuerpo y plegándose hacia delante en la rodilla.
La criatura se apoyaba sobre estas rodillas, y el extremo de su velloso abdomen asomaba sobre el escritorio de Prentiss.
Este tuvo tiempo sobrado para reparar en todos los detalles, pues el objeto no ponía objeción alguna al examen. Al contrario, se mostraba complacido, como si estuviera acostumbrado a despertar admiración.
—¿Quién eres? —preguntó Prentiss, dudando de su propia racionalidad.
Cinco minutos antes, sentado ante su máquina, trabajaba pausadamente en el cuento que había prometido al editor Horace W. Browne para el número mensual de la Farfetched Fantasy Fiction. Se sentía muy bien, en perfecta forma.
Y de pronto, había vibrado una ráfaga de aire justo a la derecha de la máquina de escribir, remolineando y condensándose luego en el pequeño horror que columpiaba sus negros y relucientes pies al borde de la mesa escritorio.
Prentiss se preguntó distraído cómo iba a contarlo más tarde. Era la primera vez que su profesión afectaba tan crudamente a sus sueños. Tenía que ser un sueño, se dijo.
—Soy un avaloncio —habló el pequeño ser—. En otras palabras, soy de Avalon.
Su diminuto rostro acababa en una boca de tipo mandibular. Los ojos tenían irisaciones de múltiples tonalidades, y sobre cada ojo emergían dos ondeantes antenas de unos siete centímetros y medio de largo. No presentaba muestra alguna de nariz.
Pues claro que no, pensó Prentiss aturdido. Sin duda respira a través de orificios situados en el abdomen. En consecuencia, tal vez hablase con el abdomen. O quizá emplease la telepatía.
—¿Avalon? —repitió estúpidamente, y pensó: «¿Avalon? ¿El país de las hadas en tiempos del rey Arturo?»
—Eso es —dijo la criatura, respondiendo con afabilidad a su pensamiento—. Soy un elfo.
—¡Oh, no!
Prentiss se llevó las manos a la cara, las volvió a apartar y comprobó que el elfo seguía en el mismo sitio, aporreando con los pies el cajón superior del escritorio. Prentiss no era aficionado a la bebida, ni tampoco persona nerviosa. De hecho, sus vecinos le consideraban un tipo muy prosaico. Poseía un vientre respetable, una cantidad de pelo razonable pero no excesiva sobre su cabeza, una esposa cariñosa y un espabilado hijo de diez años. Desde luego, sus vecinos ignoraban que pagaba la hipoteca de su casa escribiendo fantasías de diversos tipos.
Sin embargo, hasta ahora su vicio secreto no le había afectado la mente. Claro que su mujer solía menear la cabeza al referirse a su afición. Opinaba que con eso desperdiciaba y hasta prostituía su talento.
—¿Quién va a leer ese tipo de cosas? —le decía—. Todas esas zarandajas sobre demonios, gnomos, anillos mágicos, duendes, trasgos... ¡Todas esas chiquilladas, si quieres mi sincera opinión...!
—Estás en un completo error —replicaba Prentiss con engallada tiesura—. Las modernas fantasías son muy sofisticadas, elaborados tratamientos de motivos populares. Tras la fachada de la voluble y locuaz irrealidad, subyacen con frecuencia tajantes comentarios sobre el mundo de hoy. La fantasía al estilo moderno constituye esencialmente un alimento para adultos.
Blanche se encogía de hombros. Tales comentarios no suponían nada nuevo para ella.
—Además —añadía él—, gracias a esas fantasías pagamos la hipoteca, no lo olvides.
—Tal vez —replicaba ella—. Pero sería mejor que te dedicaras a las novelas de misterio. Así, al menos, venderías hasta cuatro ediciones e incluso nos permitiríamos confesar a los vecinos lo que haces para vivir.
Prentiss gimió para sus adentros. Si Blanche entrase en aquel momento y le encontrase hablando solo (resultaba demasiado real para un sueño; por fuerza, se trataba de una alucinación)..., se vería obligado a escribir novelas de misterio de por vida.., o a dejar su trabajo.
—Te equivocas por completo —habló el elfo—. No se trata ni de un sueño ni de una alucinación.
—¿Por qué no te marchas entonces?
—Eso me propongo. Este lugar no corresponde a mi ideal de vida. Y tú vendrás conmigo.
—¿Quién, yo? Ni hablar. ¿Quién diablos crees que eres para decirme lo que he de hacer?
—Si piensas que ésa es una manera respetuosa de hablar a un representante de una cultura más antigua, habría mucho que decir respecto a tu educación.
—Tú no representas a una cultura más antigua...
Le hubiera gustado añadir: «No eres más que un producto de mi imaginación». Pero había sido escritor durante demasiado tiempo como para decidirse a utilizar semejante tópico.
—Nosotros, los insectos —adujo glacialmente el elfo—, existíamos medio billón de años antes de que se inventase el primer mamífero. Vimos aparecer a los dinosaurios y los vimos desaparecer. En cuanto a vosotros, los seres humanos... no sois más que unos recién llegados.
Por primera vez, se fijó Prentiss en que en el lugar de donde emergían los miembros del elfo, se advertía un tercer par atrofiado, lo cual intensificaba la «insecticidad» del objeto. La indignación de Prentiss aumentó.
—No necesitas desperdiciar tu compañía con inferiores sociales —dijo.
—No lo haría —replicó el elfo—, pero la necesidad obliga a veces, ya sabes. Se trata de una historia bastante complicada. Sin embargo, cuando la hayas oído, desearás cooperar.
Prentiss se agitó inquieto.
—Mira, no dispongo de mucho tiempo. Blanche..., mi mujer, aparecerá por aquí de un momento a otro. Y se asustará.
—No vendrá. He bloqueado su mente.
—¿Qué?
—Algo completamente inofensivo, te lo aseguro. Pero después de todo, no podíamos permitir que nos molestasen, ¿verdad?
Prentiss volvió a sentarse en su silla, sintiéndose aturdido y desamparado.
El elfo prosiguió:
—Los elfos comenzamos nuestra asociación con vosotros, los seres humanos, inmediatamente después de que se iniciase la última era glacial. Como puedes imaginarte, aquélla fue una época desdichada para nosotros. No disponíamos de caparazones como algunos animales, ni podíamos vivir en madrigueras como hicieron vuestros toscos antecesores. Mantenernos calientes precisaba de increíbles cantidades de energía psíquica.
—¿Increíbles cantidades de qué?
—De energía psíquica. Tú no conoces nada de todo eso. Tu mente es demasiado burda para captar el concepto. Por favor, no interrumpas... La necesidad nos condujo a experimentar con los cerebros de tus congéneres. Imperfectos, pero de gran tamaño. Las células eran ineficaces, casi inútiles, pero había gran número de ellas. Usamos esos cerebros como aparatos de concentración, una especie de lente psíquica, incrementando así la energía disponible que nuestras propias mentes destilaban. Sobrevivimos a dicha era glacial gracias a nuestro ingenio, sin necesidad de retirarnos a los trópicos como en eras glaciales precedentes. Desde luego, nos echamos a perder. Al volver el calor, no abandonamos a los seres humanos. Seguimos utilizándolos para aumentar, en general nuestro nivel de vida. Viajábamos más rápidamente, comíamos mejor, hacíamos más cosas. Perdimos para siempre nuestro antiguo, simple y virtuoso sistema de vida. Y luego, estaba también la leche.
—¿La leche? —exclamó Prentiss—. No veo la relación.
—Un líquido divino. Sólo la probé una vez en mi vida. Pero nuestra poesía clásica habla de ella en tonos superlativos. En los viejos días, los hombres nos abastecían de ella en gran cantidad. Por qué los mamíferos de todas clases eran bendecidos con ella y no los insectos constituye un completo misterio... ¡Qué gran desgracia que los seres humanos nos abandonaran!
—¡Ah! ¿Os abandonaron?
—Hace doscientos años.
—Bien por nosotros.
—No seas mezquino —le reconvino el elfo con severidad—. Fue una asociación útil para ambas partes, hasta que vosotros aprendisteis a manejar las energías físicas en cantidad. Precisamente el tipo de gran hazaña de que vuestras mentes son capaces.
—¿Y qué hay de malo en ello?
—Es difícil de explicar. Era estupendo para nosotros iluminar nuestras fiestas nocturnas con luciérnagas cuya luz sosteníamos gracias a la energía psíquica de dos «hombres de vapor». Pero entonces vosotros, las criaturas humanas, instalasteis la luz eléctrica. Nuestra recepción a través de las antenas que poseemos alcanza a kilómetros de distancia, y vosotros inventasteis el telégrafo, el teléfono y la radio. Nuestros gnomos extraían el mineral con mucha mayor eficacia que los seres humanos, hasta que vosotros descubristeis la dinamita. ¿Me sigues?
—No.
—Seguramente no esperarás que unas criaturas sensitivas y superiores como los elfos, se resignasen a que un grupo de peludos mamíferos les sobrepasase. No hubiera sido tan malo de haber logrado imitar el desarrollo electrónico, pero nuestras energías psíquicas se mostraron insuficientes al respecto. Bueno, acabamos por apartarnos de la realidad. Nos marchitamos, languidecimos y decaímos. Llámalo si quieres complejo de inferioridad, pero desde hace dos siglos fuimos abandonando lentamente al género humano y nos retiramos a centros como Avalon.
Prentiss pensaba a toda velocidad.
—Pongamos las cosas en claro. ¿Podéis manejar nuestras mentes?
—Desde luego.
—¿Puedes hacerme creer que eres invisible? Hipnóticamente, quiero decir...
—Una burda expresión... pero sí.
—Y hace un momento cuando apareciste, alzaste una especie de bloqueo mental, ¿no es eso?
—Responderé a tus pensamientos, más que a tus palabras: no estás durmiendo, no estás loco y no soy ninguna entidad sobrenatural.
—Sólo trataba de asegurarme. Conjeturo pues que puedes leer en mi mente.
—En efecto. Una labor más bien sucia y muy poco agradable, pero lo hago cuando debo hacerlo. Tu nombre es Prentiss y te dedicas a escribir relatos fantásticos. Tienes una larva que, en este momento, se encuentra en el lugar donde las instruyen. Sé mucho sobre ti.
—¿Y dónde se encuentra exactamente Avalon?
—Nunca lo hallarías. —El elfo castañeteó sus mandíbulas dos o tres veces—. Y no especules sobre la posibilidad de prevenir a las autoridades. Te meterían en un manicomio. Sin embargo, por si crees que el conocimiento puede servirte de algo, Avalon se encuentra en medio del Atlántico y resulta totalmente invisible. Desde que inventasteis el barco de vapor, los seres humanos os movéis de modo tan irracional, que nos hemos visto obligados a guarecer toda la isla bajo un escudo psíquico. Desde luego, tienen que producirse incidentes. En cierta ocasión, una nave inmensa y bárbara chocó contra nosotros. Se precisé de toda la energía psíquica de la población entera para dar a la isla la apariencia de un iceberg. «Titanic» creo que era el nombre pintado en la nave. Y en nuestros días, los aviones nos sobrevuelan sin parar y, a veces, algunos de ellos se estrellan en nuestro suelo. En cierta ocasión, recogimos un cargamento de botes de leche. Fue entonces cuando la probé.
—Bien, pero... ¡Maldita sea! ¿Por qué no sigues entonces en Avalon? ¿Por qué lo abandonaste?
—Me lo ordenaron —respondió con enojo el elfo—. ¡Los muy imbéciles!
—¿Cómo dices?
—Ya sabes lo que sucede cuando uno es algo diferente. No soy como el resto de ellos, y los pobres imbéciles, apegados a la tradición, lo tomaron a mal. Pura envidia. Ésa es la verdadera explicación. ¡Envidia!
—¿Y en qué sentido eres diferente?
—Dame esa bombilla. Basta con que la desenrosques. No necesitas una lámpara para leer durante el día.
Prentiss obedeció. Con un estremecimiento de repulsión, depositó el objeto en las pequeñas manos. Cuidadosamente, los dedos del elfo, tan tenues y alargados que parecían zarcillos, abarcaron la base de latón.
El filamento de la bombilla enrojeció poco a poco.
—¡Santo Dios! —exclamó Prentiss.
—Ese es mi gran talento —manifestó con orgullo el elfo—. Ya te he dicho que los elfos nunca habían logrado adaptar la energía psíquica a la electrónica. Yo sí lo he conseguido. Porque no soy un elfo vulgar, sino un mutante. ¡Un superelfo! Correspondo al estadio siguiente de nuestra evolución. Mira, esta luz se debe exclusivamente a la actividad de mi propia mente. Observa lo que ocurre cuando empleo la tuya como foco.
Y al decirlo, el filamento de la bombilla se tornó incandescente hasta resultar penoso para la vista, mientras que una sensación vaga, cosquilleante pero no desagradable, penetraba en el cráneo de Prentiss.
La bombilla se apagó, y el elfo la dejó sobre el escritorio, detrás de la máquina de escribir.
—No lo he intentado todavía —manifestó ufano—, pero creo que puedo también fisionar el uranio.
—Sí, pero..., mantener una bombilla encendida requiere energía. ¿Cómo vas a mantenerla...?
—Ya te he hablado de la energía psíquica. ¡Gran Oberon! Trata de comprenderlo, humano.
Prentiss se sentía cada vez más inquieto. Preguntó con cautela:
—¿Y en qué pretendes emplear ese don que posees?
—Volveré a Avalon, desde luego. Debería dejar a aquellos imbéciles que corrieran a su ruina, pero un elfo ha de tener cierto patriotismo, aun siendo un coleóptero.
—¿Un qué?
—Nosotros, los elfos, no formamos en absoluto una especie... Yo desciendo del escarabajo, ¿sabes?
Se puso en pie sobre el escritorio y volvió la espalda a Prentiss. Lo que había parecido una simple cutícula negra y reluciente se abrió y se alzó de pronto, emergiendo dos alas membranosas y veteadas.
—¡Ah! ¿Puedes volar?
—Se precisa ser un verdadero sandio para no darse cuenta de que peso demasiado para volar —dijo desdeñoso el elfo—. Pero son atractivas, ¿verdad? ¿No te gusta su iridiscencia? Comparadas con ellas, las alas de los lepidópteros resultan desagradables. Chillonas y poco delicadas. Más aún, siempre las tienen al descubierto.
—¿Los lepidópteros? —exclamó Prentiss, sumido ya en una total perplejidad.
—Sí, del clan de las mariposas. Unos petulantes. Pavoneándose a la vista de los humanos para que los admiren. Espíritus mezquinos, en cierto modo. Por eso vuestras leyendas prestan siempre a las hadas alas, de mariposa, en vez de escarabajo, pese a ser éstas mucho más bellas y diáfanas. Daremos a los lepidópteros lo que se merecen, cuando volvamos, tú y yo.
—Oye...
—Piensa en nuestras orgías nocturnas sobre el césped mágico... Un fulgor de destellante luz, brotando de ensortijamientos de tubos de neón —atajó el elfo, moviéndose pendularmente en lo que parecía el éxtasis propio de su especie—. Despediremos a los enjambres de avispas que uncimos a nuestros carros volantes e instalaremos en su lugar motores de combustión interna. Dejaremos de acurrucarnos en hojas cuando llega la hora de dormir y construiremos fábricas para producir colchones decentes. Te lo aseguro, viviremos... Y los demás tendrán que comer basura por haberme expulsado.
—¡Pero yo no puedo acompañarte! —baló Prentiss—. Tengo mis responsabilidades... Me debo a mi mujer y a mi hijo. No pretenderás arrancar a un hombre de sus... de sus larvas, ¿no?
—No soy cruel —respondió el elfo, posando su mirada sobre Prentiss—. Tengo un alma sensible, como corresponde a mi condición. Sin embargo, ¿qué alternativa me queda? He de disponer de un cerebro humano para el enfoque, de lo contrario no lograría nada. Y no todos los cerebros humanos son idóneos.
—¿Por qué no?
—¡Gran Oberon, criatura! Un cerebro humano no es algo pasivo, de madera o de piedra. Tiene que cooperar. Y únicamente cooperará si se da cuenta cabal de nuestra facultad de duendes para manipularlo. Por ejemplo, tu cerebro me vale, pero el de tu mujer me resultaría inservible. Me llevaría años hacerle comprender quién y qué soy.
—¡Eso es un maldito insulto! —protestó Prentiss—. ¿Pretendes decirme que creo en hadas y duendes? Pues quiero que sepas que soy un racionalista integral.
—¿Ah, sí? Cuando me revelé a ti, pensaste ligeramente en sueños y alucinaciones, pero me hablaste, me aceptaste. Tu mujer habría chillado y caído en un ataque de histeria.
Prentiss quedó silencioso. No se le ocurría respuesta alguna.
—Ahí está el problema —dijo desalentado el elfo——. Prácticamente todos los humanos os habéis olvidado de nosotros desde que os abandonamos. Vuestras mentes se han cerrado, convirtiéndose en inútiles. Desde luego, vuestras larvas creen en las leyendas sobre el «pueblo diminuto», pero sus cerebros están aún subdesarrollados y sólo son aptos para procesos sencillos. Cuando maduran, pierden la creencia. Francamente, no sé qué haría si no fuese por vosotros, los escritores de relatos fantásticos.
—¿A qué te refieres con eso de escritores de relatos fantásticos?
—Sois los pocos adultos que siguen creyendo en el pueblo de los insectos. Y tú, Prentiss, el que más de todos. Te has dedicado a escribir relatos fantásticos por espacio de veinte años.
—Estás loco. No creo en las cosas que escribo.
—Sí que crees. No puedes remediarlo. Quiero decir que, mientras escribes, te tomas muy en serio el tema que tratas. Y con el tiempo, tu mente ha aprendido de manera natural la utilidad... ¡Bah! ¿A qué discutir? Ya te he utilizado. Viste iluminarse la bombilla. Así pues, debes venir conmigo.
—Pero es que no quiero. —Prentiss se apartó obstinado—. ¿Vas a imponerte a mi voluntad?
—Podría hacerlo. Sin embargo, corro el peligro de hacerte daño, cosa que no deseo. Por ejemplo, en caso de que no accedas a venir, haría pasar una corriente eléctrica de alto voltaje a través de tu mujer. Me repugnaría muchísimo verme obligado a ello, pero según tengo entendido tus propios congéneres ejecutan así a los enemigos públicos, de manera que sin duda hallarías el castigo menos horrible que yo. No desearía parecer brutal ni siquiera a los ojos de un humano.
Prentiss sintió que el sudor perlaba el corto pelo de sus sienes.
—Espera —dijo—, no hagas nada de eso. Examinemos la cuestión.
El elfo extendió sus membranosas alitas, las agitó y volvió a plegarias.
—Hablar, hablar, hablar... ¡Qué agotador! Seguramente tendrás leche en casa. No eres un anfitrión muy atento. De lo contrario, me habrías ofrecido algo para refrescarme.
Prentiss traté de enterrar el pensamiento que acababa de ocurrírsele, de apartarlo en lo posible de la superficie de su mente. Dijo, como al azar:
—Tengo algo mejor que leche. Iré a buscarlo.
—Quédate donde estás. Llama a tu mujer. Ella lo traerá.
—Pero no quiero que te vea... Se asustaría.
—No te preocupes por eso —repuso el duende—. La manejaré de tal modo que no se turbará lo más mínimo.
Prentiss levantó el brazo.
—Un ataque por tu parte resultaría siempre más lento que la corriente eléctrica con que heriría a tu mujer.
El brazo de Prentiss descendió. Se encaminé a la puerta de su despacho, llamando desde ella:
—¡Blanche!
La vio abajo, en la salita de estar, sentada en el sofá próximo a la librería. Parecía dormir con los ojos abiertos. Prentiss se volvió hacia el duende:
—Creo que le pasa algo...
—Está sólo en estado de relajación. Te oirá. Dile lo que ha de hacer.
—¡Blanche! —volvió a llamar Prentiss—. Trae la jarra del ponche y un vaso pequeño, ¿quieres?
Sin otra señal de vida, a excepción del simple movimiento, Blanche se puso en pie y desapareció de su vista.
—¿Qué es ponche? —preguntó el elfo.
Prentiss simuló entusiasmo.
—Una mezcla de leche, azúcar y huevos, batida hasta que toma una deliciosa consistencia. La leche no es más que una pócima comparada con esto.
Blanche entró con el ponche. Su lindo rostro aparecía inexpresivo. Sus ojos se volvieron hacia el elfo, pero no se iluminaron con el brillo de la comprensión.
—Aquí lo tienes, Jan —dijo.
Y se sentó en la vieja butaca de cuero situada junto a la ventana, con las manos desmadejadas sobre el regazo. Prentiss la contempló inquieto por un instante.
—¿Vas a dejarla aquí? —preguntó al elfo.
—Sí, así será más fácil de controlar... Bien, ¿no vas a ofrecerme ese ponche?
—¡Ah, sí, desde luego! Aquí lo tienes.
Vertió el blanco y espeso liquido en el vaso de cóctel. Dos noches antes, había preparado cinco botellas para los chicos de la New York Fantasy Association, y lo había regado generosamente con alcohol, sabiendo que así era como les gustaba.
Las antenas del elfo se agitaron con violencia.
—¡Un aroma celestial! —musitó.
Enlazó con los extremos de sus delgados brazos el pie de la pequeña copa y la alzó hasta su boca. El nivel del liquido descendió. Una vez llegado a la mitad, bajó el vaso, suspirando.
—¡Oh, lo que se ha perdido mi pueblo! ¡Qué creación! ¿Cómo puede existir algo semejante? Nuestros historiadores cuentan que, en tiempos muy antiguos, un duende excepcionalmente feliz se las apañé para ocupar el puesto de una larva humana recién nacida, disfrutando así del liquido fresco. Sin embargo, no creo que ni siquiera él probara nada semejante a esto...
Prentiss preguntó con un asomo de interés profesional:
—Así que ésa es la idea que subyace bajo todas esas historias de sustitución de niños, ¿eh?
—Exactamente. La hembra humana posee un gran don. ¿Por qué no aprovecharlo?
El duende volvió la vista al escote de Blanche y suspiré de nuevo. Prentiss le instó (no con demasiada avidez, sino con cierta condescendencia):
—Puedes beber cuanto quieras.
También él contempló a Blanche, en espera de que diese alguna muestra de animación, síntoma de que el control del elfo empezaba a disminuir.
—¿Cuándo regresa tu larva del lugar de instrucción? La necesito —dijo éste.
—Pronto, pronto —respondió nervioso Prentiss.
Consultó su reloj de pulsera. En realidad, su hijo Jan estaría de vuelta en unos quince minutos, pidiendo a gritos un trozo de tarta y un vaso de leche.
—Llénala —apremió el elfo—. ¡Anda, llénala!
Y saboreó complacido la nueva copa.
—En cuanto llegue la larva, te marcharás.
—¿Adónde?
—A la biblioteca. Tráete algunas obras sobre electrónica. Necesito detalles sobre cómo construir televisores, teléfonos y todo eso. He de recoger datos y normas para el tendido, instrucciones para la construcción de tubos de vacío... ¡Detalles, Prentiss, detalles! Nos espera una tarea tremenda. Perforación petrolífera, refinado, motores, agricultura científica... Entre tú y yo erigiremos una nueva Avalon. Una Avalon técnica. Un país de hadas científico. Crearemos un nuevo mundo.
—¡Grandioso! —aplaudió Prentiss—. Pero no descuides tu be.......
—Ya ves. La idea va prendiendo en ti —exclamó el elfo—. Y obtendrás tu recompensa. Tendrás una docena de mujeres para ti solo.
Prentiss miró automáticamente a Blanche. Ninguna señal de haber oído, mas, ¿quién podría asegurarlo?
—Me basta con la que tengo...
—Vamos, vamos —manifestó el elfo en tono de censura—, sé sincero. Vosotros, los varones humanos, sois bien conocidos de nuestro pueblo como criaturas lascivas y bestiales. Durante generaciones, nuestras madres han atemorizado a sus criaturas amenazándolas con la venida del ser humano... ¡Ah, la juventud! —exclamó, alzando la copa en el aire y brindando—: ¡Por mi propia juventud!
Y la vació de un trago.
—¿Por qué no la llenas otra vez? —sugirió al punto Prentiss—. Anda, vuélvela a llenar.
Así lo hizo el elfo.
—Quiero tener muchos hijos. Elegiré las mejores hembras coleópteros y multiplicaré mi linaje. La mutación proseguirá. En estos momentos soy el único, pero cuando seamos una docena, o cincuenta, los cruzaré y desarrollaré..., desarrollaré la raza del superelfo. Una raza de electro... ¡Hip...! De electrónicas maravillas e infinito futuro... Si pudiese beber un poco más... ¡Néctar! ¡El néctar primigenio!
Se oyó el súbito ruido de una puerta abierta de par en par y una voz juvenil que llamaba:
—¡Mami! ¡Eh, mami!
El elfo, con sus brillantes ojos algo turbios, continuó:
—Y después, comenzaremos a ocuparnos de los seres humanos. Primero, un poco de fe. El resto ya se lo..., hip..., enseñaremos. Será como en los viejos tiempos, pero mejorado. Un elfismo más eficaz, una unión más estrecha...
La voz del pequeño Jan se oyó más próxima, teñida de impaciencia:
—¡Eh, mami! ¿Es que no estás en casa?
Prentiss sintió que se le dilataban los ojos a causa de la tensión. Blanche seguía sentada rígidamente. La voz del elfo se tornaba pastosa, su equilibrio un poco inestable. Prentiss pensó que aún estaba a tiempo, si se atrevía a correr el riesgo.
—¡Vuelve a sentarte! —ordenó perentorio el elfo—. No vayas a cometer una estupidez... Desde el primer momento en que estableciste tu ridículo plan, sabía que había alcohol en el ponche. Los seres humanos os pasáis de listos. Los duendes tenemos muchos proverbios sobre vosotros. Por fortuna, el alcohol nos produce muy poco efecto. Si al menos lo hubieras preparado a base de aguardiente, con una pizca de miel... ¡Vaya, aquí está la larva! ¿Cómo estás, pequeña cría de hombre?
Había detenido la copa a medio camino de sus mandíbulas al aparecer Jan hijo en el dintel de la puerta. El chico tenía diez años. Llevaba la cara moderadamente sucia, y el pelo inmoderadamente enredado. Sus ojos grises reflejaron una expresión de extrema sorpresa, y sus libros escolares oscilaron al final de la correa que los ataba y cuyo extremo sostenía en la mano.
—¡Papá! —exclamó—. ¿Qué le pasa a mamá? Y... ¿Y qué es eso?
El elfo ordenó a Prentiss:
—Anda, corre a la biblioteca. No perdamos más tiempo. Ya sabes los libros que necesito.
Todo rastro de incipiente embriaguez se había volatilizado de la criatura. La moral de Prentiss se derrumbó. Aquel ser había estado jugando con él.
Se levantó para cumplir la orden, mientras el elfo seguía diciendo:
—Y no me salgas con nada humano. Nada de trucos. Recuerda que tengo como rehén a tu mujer. Puedo utilizar la mente de la larva para matarla. Basta con ella. Sin embargo, no deseo hacerlo. Soy miembro de la Sociedad Ética Duendística, que propugna un trato considerado para los mamíferos hembras, por lo que puedes confiar en mis nobles principios, siempre que cumplas mis instrucciones.
Prentiss sintió que le inundaba un vehemente impulso de marcharse. Dando traspiés, se encaminó a la puerta.
—¡Papá, esto habla! —gritó el pequeño Jan—. Dice que va a matar a mamá. ¡Eh, no te vayas!
Prentiss se hallaba ya fuera de la habitación, cuando oyó al duende decir:
—No me mires con esa fijeza, larva. No haré daño a tu madre si haces exactamente lo que te digo. Soy un elfo, un duende. Ya sabes lo que es eso.
Y había llegado a la puerta delantera cuando oyó la voz atiplada de su hijo gritar salvajemente, al par que Blanche lanzaba chillido tras chillido, en estremecido tono de soprano.
El fuerte aunque invisible resorte que le arrastraba fuera de la casa saltó y se desvaneció. Cayó de espaldas, se enderezó y se precipité escaleras arriba...
Blanche, visiblemente animada de palpitante vida, se hallaba en un rincón, rodeando con sus brazos a un lloroso Jan.
Sobre el escritorio, habla un aplastado caparazón negro, cubriendo una pulpa pringosa, de la que manaba un liquido incoloro.
El chiquillo sollozaba histéricamente:
—¡Le pegué! ¡Le di con los libros! ¡Le estaba haciendo daño a mamá!

Pasó una hora. Prentiss sintió que el mundo de la normalidad iba filtrándose de nuevo por los intersticios que había dejado la criatura de Avalon. El elfo quedó reducido a cenizas en el incinerador que había detrás de la casa. El único resto de su existencia se reducía a una húmeda mancha al pie de la mesa del despacho.
Blanche seguía con una palidez enfermiza. Marido y mujer hablaron cuchicheando:
—¿Cómo está el chico?
—Viendo la televisión.
—¿Se encuentra bien?
—Él está estupendamente, pero yo voy a tener pesadillas durante semanas.
—Lo sé. Ocurrirá así a menos que descartemos lo pasado de nuestras mentes. No creo que volvamos a ver otra de esas... cosas por aquí.
—No puedo explicarte lo espantoso que fue —dijo Blanche—. Oí cada palabra que decía, incluso cuando me encontraba abajo, en la sala de estar.
—Se trataba de telepatía, ¿sabes?
—Me resultaba imposible moverme. Luego, cuando te marchaste, logré hacerlo ligeramente. Intenté gritar, pero todo cuanto conseguí fue gemir y sollozar. De repente, Jan lo aplastó, y entonces me sentí libre. No comprendo cómo sucedió.
Prentiss sintió una triste satisfacción.
—Creo que yo si lo sé. Me tenía bajo su control debido a que acepté la verdad de su existencia. Y te tenía a raya a ti a través de mí. Cuando abandoné la habitación, la creciente distancia hizo más difícil el empleo de mi mente como una lente psíquica. Pudiste comenzar a moverte. Cuando llegué a la puerta de la calle, el elfo pensó que ya era hora de pasar la conexión de mi mente a la del chiquillo. Ese fue su error.
—¿En qué sentido?
—Se imaginó que todos los niños creen en hadas y duendes. Estaba equivocado. Los chicos norteamericanos de hoy no creen en eso. Jamás oyeron hablar de ellos. Creen en Tom Corbett, en Hopalong Cassidy, en Dick Tracy, en Howdy Doody, en Superman y en otra docena de cosas, pero no en los cuentos de hadas. El duende no se dio cuenta de los súbitos cambios culturales logrados por los libros y revistas de historietas y por la televisión. Cuando intentó captar la mente de Jan, no lo consiguió. Antes de que recobrara su equilibrio psíquico, el chico le atacó de modo fulminante, presa de pánico al pensar que iba a hacerte daño. Siempre lo dije, Blanche. Los antiguos motivos populares de leyenda sobreviven sólo en las obras modernas de literatura fantástica, y ésta es sólo pasto para los adultos. ¿Comprendes ahora mi punto de vista?
—Sí, querido —respondió Blanche con humildad.
Prentiss se metió las manos en los bolsillos y rió quedamente entre dientes.
—Mira, Blanche, la próxima vez que vea a Walt Rae, le diré que he decidido escribir sobre eso. Me parece que ya es hora de que los vecinos sepan...

Jan hijo, sosteniendo en la mano una enorme rebanada de pan con mantequilla, entró en el despacho de su padre en busca del oscurecido recuerdo. Papá le dio unas palmaditas en la espalda y mamá le sirvió más pan con mantequilla. Estaba comenzando a olvidarlo todo. Sobre la mesa del despacho había un ser estrafalario capaz de hablar que...
Mas todo había sucedido con tanta rapidez que los detalles se entremezclaban en su cerebro.
Se encogió de hombros y, a la última luz del sol del atardecer, lanzó una ojeada a la cuartilla a medio escribir metida en la máquina de su padre y luego al pequeño montón de papel sobre la mesa.
Leyó un rato, frunció los labios y murmuró:
—¡Caray! Otra vez esas bobadas de hadas y duendes. ¡Siempre cosas de críos!
Y abandonó la habitación.
Salinger (Nueva York, 1 de enero de 1919) es un escritor estadounidense conocido principalmente por su novela "El guardián entre el centeno" (The Catcher in the Rye en inglés), que se convirtió en un clásico de la literatura moderna estadounidense casi desde el mismo momento de su publicación, en 1951. Las mentes ágiles y poderosas de hombres perturbados y la capacidad redentora que los niños tienen en las vidas de éstos es uno de los temas principales de sus obras.

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UN DÍA PERFECTO PARA EL PEZ PLÁTANO

En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y-ya era la cuarta o quinta llamada-levantó el auricular del teléfono.
-Diga-dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
-Su llamada a Nueva York, señora Glass-dijo la operadora.
-Gracias-contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
-¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
-Sí, mamá. ¿Cómo estás?-dijo.
-He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
-Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
-¿Estás bien, Muriel?
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
-Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
-¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
-Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente -dijo la chica-. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
-Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
-Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
-¿Cuándo llegasteis?
-No sé... el miércoles, de madrugada.
-¿Quién condujo?
-Él-dijo la chica-. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
-¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...
-Mamá-interrumpió la chica-, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
-¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
• 3 •
-Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha
hecho arreglar el coche?
-Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...
-Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...
-Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...
-Muy bien-dijo la chica.
-¿Sigue llamándote con ese horroroso...?
-No. Ahora tiene uno nuevo
-¿Cuál?
-Mamá... ¿qué importancia tiene?
-Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
-Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948-dijo la chica, con una risita.
-No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
-Mamá-interrumpió la chica-, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
-Lo tienes tú.
-¿Estás segura?-dijo la chica.
-Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
-No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
-¡Pero está en alemán!
-Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia-dijo la chica, cruzando las piernas-. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. .
-Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...
-Un segundo, mamá-dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama-. ¿Mamá?-dijo, echando una bocanada de humo.
-Muriel, mira, escúchame.
-Te estoy escuchando.
-Tu padre habló con el doctor Sivetski.
-¿Sí?-dijo la chica.
-Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!
-¿Y...?-dijo la chica.
-En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
-Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra -dijo la chica.
-¿Quién? ¿Cómo se llama?
-No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
-Nunca lo he oído nombrar.
• 4 •
-De todos modos, dicen que es muy bueno.
-Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...
-Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
-Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...
-Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí-dijo la chica-. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
-¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...
-Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
-¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
-Me he quemado toda, mamá, toda.
-¡Qué horror!
-No me voy a morir.
-Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
-Bueno... sí... más o menos...-dijo la chica.
-¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
-En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
-Bueno, ¿qué dijo?
-¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando albingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
-¿Por que te hizo esa pregunta?
-No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé-dijo la chica-. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...
-¿El verde?
-Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
-Pero ¿qué dijo él? El médico.
-Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
-Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
-No, mamá. No entré en detalles-dijo la chica-. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
-¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
-En realidad, no-dijo la chica-. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
-En fin. ¿Y tu abrigo azul?
-Bien. Le subí un poco las hombreras.
-¿Cómo es la ropa este año?
-Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
-¿Y tu habitación?
• 5 •
-Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra-dijo la chica-. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un
camión.
-Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
-Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
-Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?
-Sí, mamá-dijo la chica-. Por enésima vez.
-¿Y no quieres volver a casa?
-No, mamá.
-Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
-No, gracias-dijo la chica, y descruzó las piernas-.
-Mamá, esta llamada va a costar una for...
-Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando unapiensa en esas esposas alocadas que...
-Mamá-dijo la chica-. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
-¿Dónde está?
-En la playa.
-¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
-Mamá-dijo la chica-. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
-No he dicho nada de eso, Muriel.
-Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
-¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
-No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
-Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
-Lo conoces muy bien-dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas-. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
-¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
-No, mamá. No, querida-dijo la chica, y se puso de pie-. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
-Muriel, hazme caso.
-Sí, mamá-dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
-Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?
-Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
-Muriel, quiero que me lo prometas.
-Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá-dijo la chica-. Besos a papá-y colgó.
-Ver más vidrio-dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre-. ¿Has visto más vidrio?
-Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
• 6 •
-No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo-dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter-. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
-Por lo que dice, debía de ser precioso-asintió la señora Carpenter.
-Estáte quieta, Sybil, cariño...
-¿Viste más vidrio?-dijo Sybil.
La señora Carpenter suspiró.
-Muy bien-dijo. Tapó el frasco de bronceador-. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
-¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?-dijo.
El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
-¡Ah!, hola, Sybil.
-¿Vas a ir al agua?
-Te esperaba-dijo el joven-. ¿Qué hay de nuevo?
-¿Qué?-dijo Sybil.
-¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
-Mi papá llega mañana en un avión-dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
-No me tires arena a la cara, niña-dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil-. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
-¿Dónde está la señora?-dijo Sybil.
-¿La señora?-el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo-. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
-Pregúntame algo más, Sybil-dijo-. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
-Es amarillo-dijo-. Es amarillo.
-¿En serio? Acércate un poco más.
Sybil dio un paso adelante.
-Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
-¿Vas a ir al agua?-dijo Sybil.
-Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
-Necesita aire-dijo.
-Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir-retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena-. Sybil-dijo-, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti-estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil-. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
• 7 •
-Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano-dijo Sybil.
-¿Sharon Lipschutz dijo eso?
Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
-Bueno -dijo-. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
-Sí que podías.
-Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
-¿Qué?
-Me imaginé que eras tú.
Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
-Vayamos al agua-dijo.
-Bueno-replicó el joven-. Creo que puedo hacerlo.
-La próxima vez, échala de un empujón -dijo Sybil.
-¿Que eche a quién?
-A Sharon Lipschutz.
-Ah, Sharon Lipschutz -dijo él-. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.-De repente se puso de pie y miró el mar-. Sybil-dijo-, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
-¿Un qué?
-Un pez plátano-dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
Los dos echaron a andar hacia el mar.
-Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano-dijo el joven.
Sybil negó con la cabeza.
-¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
-No sé-dijo Sybil.
-Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
-Whirly Wood, Connecticut-dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
-Whirly Wood, Connecticut-dijo el joven-. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
Sybil lo miró:
-Ahí es donde vivo-dijo con impaciencia-. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
-No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso -dijo él.
Sybil soltó el pie:
-¿Has leído El negrito Sambo?-dijo.
-Es gracioso que me preguntes eso-dijo él-. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.-Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil-. ¿Qué te pareció?
-¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
• 8 •
-Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
-No eran más que seis-dijo Sybil.
-¡Nada más que seis! -dijo el joven-. ¿Y dices «nada más»?
-¿Te gusta la cera?-preguntó Sybil.
-¿Si me gusta qué?
-La cera.
-Mucho. ¿A ti no?
Sybil asintió con la cabeza:
-¿Te gustan las aceitunas?-preguntó.
-¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
-¿Te gusta Sharon Lipschutz?-preguntó Sybil.
-Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
Sybil no dijo nada.
-Me gusta masticar velas-dijo ella por último.
-Ah, ¿y a quién no?-dijo el joven mojándose los pies-. ¡Diablos, qué fría está!-Dejó caer el flotador en el agua-. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
-¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?-preguntó él.
-No me sueltes-dijo Sybil-. Sujétame, ¿quieres?
-Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo-dijo el joven-. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
-No veo ninguno-dijo Sybil.
-Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
-Llevan una vida triste-dijo-. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
Ella negó con la cabeza.
-Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos-empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte-. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
-No vayamos tan lejos-dijo Sybil-. ¿Y qué pasa despues con ellos?
-¿Qué pasa con quiénes?
-Con los peces plátano.
-Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
-Sí-dijo Sybil.
-Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
-¿Por qué?-preguntó Sybil.
-Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
-Ahí viene una ola-dijo Sybil nerviosa.
-No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia-dijo el joven-, como dos engreídos.
• 9 •
Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
-Acabo de ver uno.
-¿Un qué, amor mío?
-Un pez plátano.
-¡No, por Dios!-dijo el joven-. ¿Tenía algún plátano en la boca?
-Sí-dijo Sybil-. Seis.
De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
-¡Eh!-dijo la propietaria del pie, volviéndose.
-¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
-¡No!
-Lo siento-dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.
-Adiós -dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
En el primer nivel de la planta baja del hotel-que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia- entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
-Veo que me está mirando los pies-dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
-¿Cómo dice?-dijo la mujer.
-Dije que veo que me está mirando los pies.
-Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo -dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
-Si quiere mirarme los pies, dígalo-dijo el joven-. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
-Déjeme salir, por favor-dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
-Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos-dijo el joven-. Quinto piso, por favor.
Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un
tiro en la sien derecha.
Germán Oesterheld
(Buenos Aires, 23 de julio de 1919 -

Es reconocido como el más importante guionista argentino. Creador de un nuevo estilo, en la narración y en el tratamiento de los personajes, es autor de algunas de las obras más importantes de la historieta argentina, como El eternauta y Mort Cinder. Desapareciò en 1977
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EL ÁRBOL DE LA BUENA MUERTE

María Santos cerró los ojos, aflojó el cuerpo, acomodó la espalda contra el blando tronco del árbol.
Se estaba bien allí, a la sombra de aquellas hojas transparentes que filtraban la luz rojiza del sol.
Carlos, el yerno, no podía haberle hecho un regalo mejor para su cumpleaños.
Todo el día anterior había trabajado Carlos, limpiando de malezas el lugar donde crecía el árbol. Y había hecho el sacrificio de madrugar todavía más temprano que de costumbre para que, cuando ella se levantara, encontrara instalado el banco al pie del árbol.
María Santos sonrió agradecida; el tronco parecía rugoso y áspero, pero era muelle, cedía a la menor presión como si estuviera relleno de plumas. Carlos había tenido una gran idea cuando se le ocurrió plantarlo allí, al borde del sembrado.
Tuf-tuf-tuf.
Hasta María Santos llegó el ruido del tractor. Por entre los párpados entrecerrados, la anciana miró a Marisa, su hija, sentada en el asiento de la máquina, al lado de Carlos. El brazo de Marisa descansaba en la cintura de Carlos, las dos cabezas estaban muy juntas: seguro que hacían planes para la nueva casa que Carlos quería construir.
María Santos sonrió; Carlos era un buen hombre, un marido inmejorable para Marisa. Suerte que Marisa no se casó con Laico, el ingeniero aquel; Carlos no era más que un agricultor, pero era bueno y sabía trabajar, y no les hacía faltar nada.
¿No les hacía faltar nada?
Una punzada dolida borró la sonrisa de María Santos.
El rostro, viejo de incontables arrugas, viejo de muchos soles y de mucho trabajo, se nubló.
No. Carlos podría hacer feliz a Marisa y a Roberto, el hijo, que ya tenía 18 años y estudiaba medicina por televisión.
No, nunca podría hacerla feliz a ella, a María Santos, la abuela...
Porque María Santos no se adaptaría nunca —hacía mucho que había renunciado a hacerlo—, a la vida en aquella colonia de Marte.
De acuerdo con que allí se ganaba bien, que no les faltaba nada, que se vivía mejor que en la Tierra; de acuerdo con que allí, en Marte, toda la familia tenía un porvenir mucho mejor; de acuerdo con que la vida en la Tierra era ahora muy dura... De acuerdo con todo eso; pero, ¡Marte era tan diferente!...
¡Qué no daría María Santos por un poco de viento como el de la Tierra, con algún "panadero" volando alto!
—¿Duermes, abuela? —Roberto, el nieto, viene sonriente, con su libro bajo el brazo.
—No, Roberto. Un poco cansada, nada más.
—¿No necesitas nada?
—No, nada.—¿Seguro?
—Seguro.
Curiosa, la insistencia de Roberto; no acostumbraba ser tan solícito; a veces se pasaba días enteros sin acordarse de que ella existía.
Pero, claro, eso era de esperar; la juventud, la juventud de siempre, tiene demasiado quehacer con eso, con ser joven.
Aunque en verdad María Santos no tiene por qué quejarse: últimamente Roberto había estado muy bueno con ella, pasaba horas enteras a su lado, haciéndola hablar de la Tierra.
Claro, Roberto, no conocía la Tierra; él había nacido en Marte, y las cosas de la Tierra eran para él algo tan raro como cincuenta o sesenta años atrás lo habían sido las cosas de Buenos Aires —la capital—, tan raras y fantásticas para María Santos, la muchachita que cazaba lagartijas entre las tunas, allá en el pueblito de Catamarca.
Roberto, el nieto, la había hecho hablar de los viejos tiempos, de los tantos años que María Santos vivió en la ciudad, en una casita de Saavedra, a siete cuadras de la estación.
Roberto le hizo describir ladrillo por ladrillo la casa, quiso saber el nombre de cada flor en el cantero que estaba delante, quiso saber cómo era la calle antes de que la pavimentaran, no se cansaba de oírla contar cómo jugaban los chicos a la pelota, cómo remontaban barriletes, cómo iban en bandadas de guardapolvos al colegio, tres cuadras más allá.
Todo le interesaba a Roberto: el almacén del barrio, la librería, la lechería... ¿No tuvo acaso que explicarle cómo eran las moscas? Hasta quiso saber cuántas patas tenían... ¡Cómo si alguna vez María Santos se hubiera acordado de contarlas! Pero, hoy, Roberto no quiere oírla recordar: claro, debe ser ya la hora de la lección, por eso el muchacho se aparta casi de pronto, apurado.
Carlos y Marisa terminaron el surco que araban con el tractor. Ahora vienen de vuelta.
Da gusto verlos: ya no son jóvenes pero están contentos.
Más contentos que de costumbre, con un contento profundo, un contento sin sonrisas, pero con una gran placidez, como si ya hubieran construido la nueva casa. O como si ya hubieran podido comprarse el helicóptero que Carlos dice que necesitan tanto.
Tuf-tuf-tuf...
El tractor llega hasta unos cuantos metros de ella; Marisa, la hija, saluda con la mano; María Santos sólo sonríe; quisiera contestarle, pero hoy está muy cansada.
Rocas ondulantes erizan el horizonte, rocas como no viera nunca en su Catamarca de hace tanto. El pasto amarillo, ese pasto raro que cruje al pisarlo, María Santos no se acostumbró nunca a él. Es como una alfombra rota que se estira por todas partes: por los lugares rotos afloran las rocas, siempre angulosas, siempre oscuras.
Algo pasa delante de los ojos de María Santos.
Un golpe de viento quiere despeinarla.
María Santos parpadea, trata de ver lo que le pasa por delante.
Allí viene otro.
Delicadas, ligeras estrellitas de largos rayos blancos...
¡"Panaderos"!
¡Sí, "panaderos", semillas de cardo, iguales que en la Tierra!
El gastado corazón de María Santos se encabrita en el viejo pecho: ¡"Panaderos"!
No más pastos amarillos: ahora hay una calle de tierra, con (mellones profundos, con algo de pasto verde en los bordes, con una zanja, con veredas de ladrillos torcidos... Callecita de barrio, callecita del recuerdo, con chicos de guardapolvo corriendo para la librería de la esquina, con el esqueleto de un barrilete no terminando de morirse nunca, enredado en un hilo de teléfono.
María Santos está sentada en la puerta de su casa, en su silla de paja, ve la hilera de casitas bajas, las más viejas tienen jardín al frente, las más modernas son muy blancas, con algún balcón cromado, el colmo de la elegancia.
"Panaderos" en el viento, viento alegre que parece bajar del cielo mismo, desde aquellas nubes tan blancas y tan redondas...
"Panaderos" como los que perseguía en el patio de tierra del rancho allá en la provincia.
¡"Panaderos"!
El pecho de María Santos es un gran tumulto gozoso.
"Panaderos" jugando en el aire, yendo a lo alto...
Carlos y Marisa han detenido el tractor.
Roberto, el hijo, se les junta, y los tres se acercan a María Santos.
Se quedan mirándola.
—Ha muerto feliz... Mira, parece reírse.
—Sí... ¡Pobre doña María!...
—Fue una suerte que pudiéramos proporcionarle una muerte así.
—Sí... Tenía razón el que me vendió el árbol, no exageró en nada: la sombra mata en poco tiempo y sin dolor alguno, al contrario...
—¡Abuela!... ¡Abuelita!...
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